Posturas políticas ante el sufragio femenino.



En los debates parlamentarios de 1931 se mostraron partidarios del voto femenino: los partidos conservadores, los republicanos conservadores, grupos formados por antiguos monárquicos moderados y católicos, la agrupación al Servicio a la República, los partidos catalanes, los federales, los galleguistas, otros partidos republicanos de distintas afiliaciones, los progresistas y el PSOE. Por el contrario, se mostraron contrarios al voto femenino: el Partido Radical, los Radicales-Socialistas y Acción Republicana. Los anarquistas siempre fueron contrarios a la participación de hombres y mujeres en las instituciones burguesas, aunque defendían la igualdad entre hombres y mujeres en dichas instituciones.

En los años 30, la iglesia y las opciones de derecha habían iniciado campañas de proselitismo para atraer el voto de las mujeres. Con este objetivo, revitalizaron Acción Católica y fundaron, entre otras, la Juventud Católica Femenina, la Juventud Agrícola Católica Femenina, destinada a las jóvenes del campo y La Asociación Femenina de Acción Nacional. Dichas organizaciones desarrollaron un discurso y una práctica que las acercaba a la línea tradicional del feminismo conservador y católico: afirmaban que hombres y mujeres eran iguales pero tenían funciones sociales distintas y las de la mujer estaban circunscritas al hogar y a la familia y se encontraban alejadas de la vida pública. Vinculadas estrechamente con las organizaciones masculinas conservadoras, iniciaron una importante actividad propagandística de carácter paternalista entre las mujeres de clase obrera. El interés de la opciones conservadoras para atraer el voto femenino respondía a la creencia que el voto conservador femenino les daría la victoria en las elecciones.

Por su lado, los socialistas acusaron virulentamente a la iglesia de instrumentalizar a las mujeres. Consientes de que las medidas legales debían ir acompañadas de cambios de actitud, iniciaron una campaña, mediante conferencias, publicaciones, etc., destinada a convencerlas que sólo el socialismo les ofrecía la verdadera igualdad. Sin embargo, las militantes socialistas seguían considerando que las mujeres debían ocuparse de la política "femenina", esencialmente de la educación, beneficencia..., etc. En los debates parlamentarios se mostraron favorables a conceder el sufragio a las mujeres en igualdad de condiciones que a los hombres, ya que eran conscientes de que negar dicho derecho les contradecía con los principios ideológicos que defendían. Asimismo, pensaban que a través de campañas de concienciación decantarían el voto de las mujeres, esencialmente de las mujeres de clase obrera, hacia sus opciones políticas. Sin embargo, aunque habían votado favorablemente al articulado constitucional, parte de los militantes socialistas e importantes dirigentes, desconfiaban del voto femenino.

Los anarquistas, que se habían negado sistemáticamente a participar en los Gobiernos burgueses de la República, habían desarrollado notables campañas para atraer a las mujeres hacia la lucha revolucionaria y hacía el sindicalismo. Estas campañas iban acompañadas por una exhortación a los hombres para que abandonasen sus ideas tradicionales respecto al papel social de hombres y mujeres.

La izquierda republicana, articulada alrededor del Partido Radical, Acción Republicana y el Partido Radical-Socialista se mostró contraria al sufragio femenino. Sus argumentaciones se centraron en la inoportunidad política. Según ellos, la situación política española caracterizada por una frágil República no podía permitirse el lujo de otorgar el voto a las mujeres, cuando su voto era, según estas opciones, conservador y católico, e iría dirigido, inevitablemente hacia opciones conservadoras. La encargada de defender esta postura en las Cámaras, Victoria Kent, siempre se mostró favorable al voto femenino, aunque alegaría que el ejercicio del mismo debía producirse cuando las mujeres pudiesen escoger libremente, alejadas de la influencia de la iglesia y de la familia.

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