La cultura obrera, encuadrada política y mayoritariamente en las filas del anarquismo y el socialismo, argumentaba que la emancipación de la mujer iba ligada a la transformación y emancipación de la clase obrera en particular y de la sociedad en general.
Sin embargo, al analizar la actitud del feminismo revolucionario entorno a la problemática del sufragio femenino debemos tener en cuenta una doble consideración: de un lado, el feminismo revolucionario consideraba que el sufragismo era un movimiento burgués vinculado a las clases medias y altas. Por otro lado, las organizaciones revolucionarias abogaban por la destrucción de la sociedad burguesa que, entre otros efectos, provocaría el final de la desigualdad entre hombres y mujeres. Ambas características las distanciaron de los minoritarios movimientos sufragistas españoles.
El primer movimiento que incluyó en sus bases teóricas la emancipación radical de las mujeres fue el socialismo utópico de Charles Fourier. La ideas fourieristas estuvieron restringidas a núcleos minoritarios de intelectuales y pensadores españoles. Los pequeños grupos de mujeres vinculados al fourierismo tuvieron mayor influencia, dentro de la sociedad española, entre los años 30 y 60 del siglo XIX, articulados alrededor de la revista El Nuevo Pensil de Iberia. Sus demandas se centraron básicamente en reivindicaciones de carácter social y civil, alejándose de las demandas de carácter político.
Aunque el socialismo español era sensible a las demandas feministas, habrá que esperar hasta inicios del S.XX para encontrar las primeras campañas favorables a los derechos femeninos, impulsadas por destacadas militantes socialistas. Entre éstas, cabe destacar a Virginia González, Margarita Nelken, Maria Cambrils o Amparo Marti. En 1904, se creo el Grupo Femenino Socialista que impulsó la creación de sociedades obreras de mujeres. Sin embargo, la presencia y la actividad femenina dentro PSOE era minoritaria, Margarita Nelken atribuía esta situación a la "desgana y a la apatía" de las mujeres españolas así como a la indiferencia mostrada por las organizaciones de izquierdas respecto a la incorporación de mujeres en sus filas. Dentro del socialismo existían fuertes prejuicios entorno a los derechos femeninos. Muchos militantes y dirigentes socialistas veían en las mujeres a competidoras en sus puestos de trabajo. Respecto al sufragio femenino su actitud fue ambigua. Convencidos de que las mujeres aún no estaban preparadas para ejercer libremente el derecho a voto debido a la influencia de sus maridos y de la iglesia, abogaban por garantizar la instrucción y educación femenina previamente al ejercicio del voto. Sin embargo, esta actitud se contradecía con la voluntad democratizadora y universalista que defendían. Ante este dilema, optaron por alegar inicialmente argumentos de oportunidad política. En los años 30, su postura se decantaría hacia el sufragio femenino convencidos por un lado de que el voto de las trabajadoras les beneficiaría y por el otro que debían mantenerse fieles a los principios igualitaristas.
El anarquismo al igual que el socialismo consideraba que la emancipación femenina solo podía darse en una sociedad nueva. Uno de los medios más importantes para lograr la emancipación femenina, según los anarquistas, era la educación. En este sentido, desde la federaciones locales se impulsó la creación de centros educativos, culturales, etc.
En el anarcosindicalismo español destacaron figuras como Teresa Claramunt, que impulso la creación de organizaciones autónomas de obreras. Otras figuras femeninas anarquistas como Federica Montseny o su madre, la pedagoga libertaria y racionalista, Soledad Gustavo, negaron la existencia de un problema específicamente femenino rechazando el término feminista al identificarlo con mujeres de clase alta o media. Durante la década de los años veinte, Federica Montseny expresó desde las páginas de la Revista Blanca su posicionamiento acerca de la situación de las mujeres. La dirigente anarquista negaba la existencia de un problema específicamente femenino y abogaba por la necesidad de la transformación integral de la sociedad de la que resultaría un cambio radical en los roles tanto de hombres como de mujeres. Respecto al derecho de voto de las mujeres, de acuerdo con los principios libertarios, mantuvo posiciones críticas al identificarlo con un movimiento burgués. Este hecho significó de facto la legitimación de unos principios cercanos al feminismo social, esencialmente educativo, alejados del feminismo político.
Esta dualidad de posiciones se agudizaría adentrados los años treinta, momento en que apareció la organización anarquista feminista Mujeres Libres que planteó abiertamente la problemática de la mujer desde una perspectiva de clase.